Tag Archives: Violencia armada

No es intolerancia, es crimen organizado el responsable de las muertes en Bogotá.

En este Editorial de @ELTIEMPO de hoy Violencia en la Puerta de la Casa hay un serio error -inducido por estadísticas-: la gran mayoría de las muertes por venganza no son intolerancia.

Estas muertes que muy erróneamente clasifican las autoridades como venganzas, son en realidad en gran parte ajustes de cuentas: disputas entre organizaciones criminales y entre personas al interior de organizaciones criminales.

Atribuir esto a un problema de machismo, consumo de alcohol o drogas es erróneo.

El verdadero problema de inseguridad en Colombia es el crimen organizado violento; creer que es un asunto de consumo de alcohol o de intolerancia  conduce a políticas públicas inefectivas que no protegen la vida de las personas.

 

 

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Seguridad, crimen y violencia en Bogotá: A propósito de ‘Luisitos’, ‘Pascuales’, ‘Tarazonas’ y ‘Santandereanos’

Los marcos interpretativos en las ciencias sociales y en el periodismo, tienden a sobrevalorar la continuidad histórica y geográfica de los fenómenos de criminalidad organizada.

El asesinato de 5 personas (masacre) en Bogotá a manos de sicarios de las bandas ‘Los Luisitos’ y ‘Los Pascuales’ en enero del 2013, fue un buen ejemplo de cómo se le atribuyeron características propias del paramilitarismo, la guerra de guerrillas y los carteles del narcotráfico, a organizaciones que ejercen la coerción privada en espacios muy reducidos -barrios de invasión- donde la carencia institucional, la ausencia de formalización económica y el desempleo juvenil, son una constante.

La caracterización de ‘Los Luisitos’, ‘Los Pascuales’ y ‘Los Tarazona’ como un remedo de las Bandas Criminales  Emergentes1, como milicias urbanas de las FARC que emergen con el Plan Renacer2 ó como organizaciones intermedias a los cárteles del narcotráfico y las pandillas juveniles 3, son inapropiadas porque tratan de trazar una línea de continuidad con fenómenos criminales que no se parecen cualitativamente.

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Cinco razones por las que Colombia debe firmar y ratificar el Tratado de Armas

El pasado 2 de abril, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas votó por mayoría la aprobación del  Tratado de Comercio de Armas (Arms Trade Treaty, en inglés). El Tratado se aprobó con 154 votos a favor, 23 abstenciones y 3 en contra.

Sin embargo, el proceso aún no ha terminado. El tratado no está vigente.

Con la votación mencionada, se aprobó el Tratado de Armas. Posteriormente, con su firma, los países indican su voluntad de adoptarlo.

El siguiente paso, y el verdaderamente importante, es la ratificación, pues esta es la que implica la creación del vínculo jurídico que hace que el Estado sea legalmente parte del tratado y se obligue ante la comunidad internacional a aplicar lo contenido en el mismo.

El 3 de junio pasado se abrieron las urnas para la ratificación del tratado que entrará en vigencia una vez 50 países se hayan adherido. Pero hasta el momento, Colombia no lo ha ratificado ni firmado.

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Etnias, genocidio y criminales

A mediados de 2007, se lanzó el álbum Instant Karma: The Amnesty International Campaign to Save Darfur, una recopilación de las más grandes obras de John Lennon interpretadas por artistas de talla mundial. El objetivo de esta producción, parte del proyecto Make Some Noise de Amnistía Internacional, era convertirse en el combustible de activistas y en la fuente de financiación de la campaña en contra de la violencia y el conflicto civil (una guerra entre etnias, principalmente) que se vivía en Darfur, región occidental de Sudán.

Seis años después, ya no se habla de un conflicto enmarcado en diferentes ideologías religiosas como se hacía a principios de siglo (y tal como se dio en la Segunda Guerra Civil Sudanesa), se sabe que casi todos los sudaneses son musulmanes. Hoy, en Darfur, los árabes antagonizan el genocidio de la población afro de la región.

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Mungiki en Kenya: violencia, corrupción y miseria

“Que muera si deserto o revelo nuestros secretos”, es el juramento que más de 100,000 hombres de la tribu Kikuyu, en Kenya  han pronunciado con el fin de pertenecer a los Mungiki (multitud, en dialecto Kikuyu), una de las pandillas más grandes del mundo que después de casi cinco años sin pronunciamientos públicos sigue siendo un mecanismo para infundir miedo y, se cree, se fortalece para volver a ejercer el control político que logró alguna vez.

Así como las Maras Salvatruchas (pandilla de El Salvador que se ha movilizado por toda Centroamérica y el sur de los Estados Unidos) utilizan sus tatuajes y un lenguaje de señas para identificarse entre ellos, los miembros de los Mungiki se caracterizan por sus peinados y ritos de sangre. En general, llevan el pelo peinado con dreadlocks o rastas y, en cuanto a los ritos, se mencionan baños e ingestas de sangre entre los miembros del grupo cada vez que realizan un juramento.

La característica que separa a esta pandilla o grupo criminal keniano de otras pandillas en el mundo (Primeiro Comando Capital de Brasil, Salvatruchas de El Salvador o The United Bamboo en Taiwán), son los lazos fuertes y visibles que tiene con la estructura política del país. Esas relaciones se hicieron visibles a inicios de la década del 2000. Hoy continúan latentes y consiguen dividir el país internamente por sus ideologías étnicas.

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