Qué bueno ser útiles

Ayer el Presidente de la República calificó de “idiotas útiles” a “aquellas personas que quieren magnificar la acción de los delincuentes y los terroristas, muchas veces para hacer política con los temas de la seguridad”. Añadió que esta es “una forma muy mezquina de hacer política”.

Hoy las cadenas radiales, especialmente RCN, interpretaron esta intervención presidencial, hecha en un foro de alto nivel sobre seguridad ante centenares de alcaldes y autoridades locales, como una inusitada crítica a los críticos. Otros comentaristas lo han tomado como una señal más de ruptura entre Santos y el presidente Uribe.

Para RCN, los idiotas útiles son aquellos que elevan críticas al Gobierno en esta materia, especialmente los funcionarios de la anterior administración. Pero no solo eso: para RCN la intervención presidencial,  demuestra un marcado rasgo de intolerancia del Presidente Santos y una afrenta velada a la prensa. La frase de Santos de  “que quieren magnificar la acción de los delincuentes y los terroristas, muchas veces para hacer política con los temas de la seguridad” le dio argumentos a varios allí para así mostrarlo.

Y claro, el sarcástico término “idiotas útiles” claramente alude al Presidente Uribe. En un destacado ejercicio de mímesis con Uribe,  Santos usa el término para atacar a su antecesor (la estrategia de la mímesis uribista es originaria de Gustavo Petro, como bien lo descubrió Héctor Riveros en La Silla Vacía). Y es un ataque a su antecesor no porque las breves frases de opinión de Uribe en Twitter o sus largas andanadas en radio hagan referencia a sus capacidades mentales, sino porque este era uno de los términos favoritos del ex-presidente para descalificar las actuaciones y opiniones de sus contradictores, de quienes criticaban sus políticas y hasta para atacar  las instituciones de justicia.

El lio es que el conjunto al que Santos aplica el peyorativo término incluye a muchas otras personas, además de Uribe.

Como se puede escuchar aquí, hoy Francisco Santos, Salud Hernández y Alfredo Rangel se incluyen ellos mismos como receptores del término; pero también -imagino yo- destacados analistas y académicos de diversa trayectoria, profesión y posición política que se han ocupado de la seguridad en el país, el conflicto y la violencia, como Ariel Ávila,  León Valencia, Rudolf Hommes, Hugo Acero, Alejandro Gaviria, deben estarse dando por aludidos.

Estos analistas, y otros como Alejo Vargas, Román Ortiz, Alonso Tobón, y, hasta en ocasiones quien escribe, han tratado, en efecto, de hacer Política -con P mayúscula-, ciencia política, e incluso política electoral, con sus opiniones y  análisis sobre la seguridad.

Y claro, cuando se habla de (in)seguridad uno termina haciendo ver que allí hay un problema, y, en referencia a la frase del mandatario “magnificando un problema”.

Si bien el sarcasmo es divertido -hasta a mí me gusta-, en este caso Santos -creo yo- hace mal al no diferenciar sus apreciaciones y no precisar sus acusaciones.

En primer lugar, porque sigue casando inútiles peleas con su antecesor. Ya vale la pena que su mantra “nopecu” comience a hacer efecto.

En segundo lugar, porque si de lo que se trata es de buscar reducir el impacto de las acciones terroristas en la población, hay mejores tácticas que las de estigmatizar a los críticos. El Presidente podría, por ejemplo, desarrollar un programa de investigación dirigido a mejorar las técnicas domésticas de prevención del terrorismo; establecer un sistema de prevención, como el de Scotland Yard basado en mecanismos rápidos de comunicación y de toma de información como el programa de MI5 o incluso como Crimestoppers; pedir estándares de autorregulación para los medios; apoyar públicamente las movidas que, como la de El Espectador, informan reduciendo el impacto de dichas acciones; y, por qué no, generar un programa de estudios de terrorismo en Colombia, que tenga como una de sus líneas de investigación un componenente de medios y terrorismo.

Todo lo anterior es más efectivo para mejorar la seguridad, aislar a los terroristas y reducir su impacto que poner a todos los que criticamos las políticas de seguridad en un solo estanco que está empeñado en afectar su gobierno.

Al ponernos a todos en el mismo barril, Santos terminó polarizando y repitiendo con su discurso el nefasto ejercicio de estigmatización que se perfecccionó en el anterior gobierno: el de igualar a mis críticos con mis enemigos.

Además, casando estas peleas sarcásticas y peyorativas el gobierno distrae la atención del mensaje importante que algunos queremos enviar, de los necesarios debates en torno a grandes desacuerdos entre analistas y de un necesario ejercicio de hacer responder a las autoridades.

Más que querer  “hacerle el juego al terrorismo”, buscar hacer oposición u obtener ganancias electorales, muchas de las personas que mencioné -no todas, claro y las instituciones a las que pertenecen, han venido señalando con evidencia de diferente calidad, diferencias de enfoque y argumentos más o menos convincentes, la incapacidad e ineficiencia de las actuales estrategias de seguridad.

El mínimo común de todas estas posiciones es que, con lo que tenemos hoy, claro que logramos la derrota estrategica de las guerrillas, pero no hemos ganado la seguridad, ni hemos establecido la paz.

Con lo que hoy existe en materia del aparato de justicia criminal, no hemos sino logrado contener el crimen organizado, no disuadirlo de comportamientos violentos. Tampoco hemos logrado tan siquiera que el Estado se apropie de las extraordinarias rentas que este genera y que siguen afectando las instituciones a todo lo largo del país. De hecho, hoy vemos de nuevo cohesión en estos grupos y un vigoroso renacer para presentar nuevos formidables desafíos a la sociedad.

Más serio, no hemos logrado detener la transformación de la violencia, que hoy, en manos de ejecutores criminales puros, replica los aprendizajes del conflicto en el pasado reciente.

Incluso, y pese al verdadero gran logro de este gobierno en materia de seguridad, el haber reanudado una senda de caída en los homicidios, aún hoy en día en Colombia se mata más gente que en casi otro país del mundo.

En suma, este estado de cosas tienen que cambiar pronto. Y para eso, las opiniones y el análisis crítico de hasta los más idiotas deben ser escuchadas.

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