La guerra de siempre está de regreso: sorpresa y venganza

Foto: Ejercito Nacional

Este articulo fue originalmente publicado en Razón Pública, domingo 25 de Marzo 2012.

Análisis objetivo frente al escándalo mediático que se pretendió montar la semana pasada en torno a un lamentable pero previsible hecho militar en Arauca. La calentura no está en las sábanas, sino en el modelo contrainsurgente y en la seguridad democrática que se han agotado.


 Sorpresa y venganza

La muerte en combate de once soldados ocurrida en Arauca durante la semana anterior sirvió como trágico recordatorio de la persistencia del conflicto armado interno que desgarra a Colombia.

Los militares murieron en una operación donde la sorpresa jugó esta vez a favor de las FARC, produciendo un altísimo número de bajas en ese destacamento del Ejército,  que no estaba preparado. Las denuncias de los parientes de los soldados hicieron aún más visible la dimensión trágica del episodio, al poner en evidencia futuros truncados y dramas familiares.

Rápidamente surgió la tesis explicativa del error militar, apoyada por un juicio presidencial apresurado. El supuesto error militar se explica en este caso por una acumulación de circunstancias: hubo falta de entrenamiento y de experiencia de las tropas, no se siguieron los protocolos de protección y de movilidad, se desconocía el terreno que pisaban, fue clara la desarticulación y la falta de conexión con las redes de inteligencia, y la capacidad de fuego en términos de armamento resultó inadecuada.

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Las operaciones de patrullaje deben alcanzar muy altos niveles de movilidad, pues la permanencia o la lentitud son muy riesgosas.

 

Al siguiente día, otra operación que sí “estaba lista”  —según las propias fuentes militares— golpeó al mismo frente de las FARC, eliminando a 36 guerrilleros e hiriendo a varios más. “Encontramos los uniformes de nuestras tropas” sentenció de nuevo el presidente Santos, para demostrar que se trataba de los mismos guerrilleros responsables de la muerte de los once militares dos días atrás.

De inmediato, se propagó otra tesis: la venganza, como si esta segunda operación militar tuviera como objetivo operativo vengar la muerte de los soldados y limpiar el honor militar. Esta tesis mereció menos cobertura mediática, se ha discutido con más discreción y menos sonoridad que en el caso de las reacciones frente a la muerte de los soldados, pero ha estado muy activa en las redes sociales.

¿La violencia de la guerra como error?

Mi primera línea de análisis explora una hipótesis: lo que sucedió la semana pasada es la guerra como es, no es la guerra por error. Ni en el caso de los soldados ni en el de los guerrilleros hubo hechos excepcionales.

El ataque de las FARC fue en contra de un objetivo militar obvio, usando el factor sorpresa y la violencia armada. En eso consiste justamente la guerra de guerrillas: un ataque sorpresa y un combate relámpago. Nadie ha hablado de una masacre o del ajusticiamiento de soldados en estado de indefensión, por ejemplo.

Irónicamente, en la discusión de la reforma al fuero militar que presentó al Congreso el Gobierno Nacional, se señaló el caso de los ataques por sorpresa como una práctica ajustada al Derecho Internacional Humanitario y un ejemplo emblemático de operaciones típicas de la guerra interna. A menos que se pruebe que hubo perfidia, debemos aceptar que en este caso se trató de lo que más se parece a la guerra de siempre, que se practica en Colombia desde hace más de sesenta años.

Ahora bien, al tratar de validar la hipótesis del error militar, inmediatamente se encuentra uno con hechos tozudos: todo ese listado de “errores” ya mencionado, que efectivamente pudieron darse simultáneamente, se puede predicar también del modelo contrainsurgente como un todo: es decir, lo sucedido en Arauca no es producto fortuito de errores exclusivos de las tropas que cayeron en la operación de las FARC. Corresponde a un esquema general cuyas principales características son:

  • la mayoría, si no todas, las operaciones de patrullaje de las Fuerzas Armadas que recorren el territorio nacional deben alcanzar muy altos niveles de movilidad, pues la permanencia o la lentitud son muy riesgosas;
  • en segundo lugar, debe establecer una onerosa y desgastante relación con la comunidad local, basada en la extracción de información de inteligencia que privilegia relaciones transaccionales, lo que además expone a la población a un juego de traiciones y lealtades, tremendamente riesgoso en entornos de conflicto;
  • tercero, se deben movilizar con frecuencia en vehículos preparados para el transporte de carga y no de personas sometidas a la eventualidad de riesgos militares;
  • cuarto, deben mantener un alto nivel de exigencia y una alta disciplina, principalmente orientada a neutralizar riesgos y a evitar la deserción.
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El gran tamaño de la tropa y su falta de movilidad  incrementan paradójicamente su desprotección frente a las acciones previsibles de las FARC. Foto: Ejercito Nacional.

El punto neurálgico de este análisis es el de preguntarse hasta qué grado estos requisitos configuran una presencia militar que no sólo es ocasional y aleatoria, sino que está completamente desligada del objetivo central de cesar el conflicto armado interno y tiende a reproducirlo al infinito, al tiempo que empuja a las fuerzas armadas a una guerra de auto–protección muy difícil de ganar.

¿Para qué sirve la presencia de las tropas en zonas de “orden público”? ¿Es efectiva su disuasión? ¿Es más alto el costo de esta disuasión — que pagamos en términos de hombres muertos y heridos – que lo que se logra prevenir?

Aún sorprende que teniendo que enfrentarse a semejante situación, se sigan lanzando críticas al Ejército y a la Armada Nacional por no dar más resultados, cuando además debe enfrentarse con una guerrilla diferenciada y enraizada regionalmente – no es lo mismo la guerrilla de Arauca que la del Chocó o del Huila – y que opera en rincones cada vez más marginales de la geografía colombiana.

Este doloroso recordatorio de un conflicto en plena ebullición tenderá a repetirse en el futuro. Se ha demostrado que la violencia de las guerras civiles obedece a una doble naturaleza:

  • la guerra soterrada, casi silenciosa, configurada por múltiples operaciones que constantemente generan bajas en ambos bandos;
  • la guerra sonora, que termina rompiendo la monotonía de la baja intensidad con una frecuencia nada despreciable.

Estas dos densidades de muertes en la guerra en Colombia se seguirán presentando, insisto.  La pregunta es, entonces: ¿si no se pueden evitar por completo los eventos cargados con un número extraordinario de muertes, no podríamos por lo menos lograr que los soldados se protejan mejor a sí mismos? ¿Qué hacer? 

Se agotó la seguridad democrática

En últimas, de lo que se trata es de acabar con la violencia de veras y de una vez por todas. Pero para ser realistas, debemos preguntarnos si es posible cesar o reducir la virulencia del conflicto a punta de operaciones militares, descartando por ahora una rápida paz negociada.

Una respuesta esperanzadora positiva indicaría que es preciso superar primero el análisis miope y coyuntural centrado en señalar errores o cambios porcentuales, para someter a un juicio severo a la propia política de seguridad.

En efecto, los supuestos errores que se han señalado, constituyen en realidad un efecto  directo de los inmensos sacrificios que se imponen al Ejército y a la Armada: cumplir las funciones de fuerzas de ocupación.

No se trata tanto de realizar operaciones ofensivas o de protección de la población y de la infraestructura: se trata de permanecer aislados, casi sin contacto, de hacer presencia pasiva en el territorio nacional.

Este modelo, que privilegia efectivamente los “golpes de mano”, logró la derrota estratégica de la guerrilla, pero no su aniquilación. Se trata de una guerra de atrición que cada vez consumirá más y más recursos, más y más hombres.

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El diseño de una estrategia centrada en acabar con la dirigencia de la guerrilla y en la ocupación del territorio exige por lo menos garantizar la seguridad de un ejército de ocupación – no de protección – que consume una cantidad ingente de recursos humanos y de materiales.

Ahora bien, la razón de esta ineficiencia es doble: no sólo el nivel de seguridad es insuficiente y aún así se pierden cada vez más recursos en la protección de las tropas, sino que el gran tamaño de la tropa y su falta de movilidad  incrementan paradójicamente su desprotección frente a las acciones previsibles de las FARC.

En efecto, el mayor número de muertos y heridos que sufre el ejército en Colombia  ocurre durante la movilización de las tropas. Las FARC van logrando así una pequeña victoria silenciosa, que les permite comprar tiempo: obligan a las Fuerzas Armadas a moverse poco y con cautela, siempre bajo el riesgo de la traición que surge de una doble información de inteligencia.

En últimas, se trata del agotamiento de la política de seguridad democrática, en particular, de su costoso modelo de ocupación del territorio. Sólo un cambio radical en la política de seguridad podrá cambiar este estado de cosas: es preciso redefinir mejor los roles funcionales de las tropas, de cada arma y de la policía, y establecer una articulación más orgánica con las comunidades, basada en la confianza mutua y en la protección civil.

La guerra impuesta a las personas de bajos ingresos, que explica el odio al servicio militar obligatorio, debe dar paso a una política de seguridad para protegerlos de veras. De lo contrario, nunca podremos superar la lógica de la separación, la de la muerte del otro, base estructurante de nuestro conflicto interno.

 

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