¿Juntos pero no revueltos?

Publicado en ElEspectador.com en Septiembre 1 de 2013.

La masacre de 14 soldados perpetrada en Arauca por estas dos guerrillas puso en alerta a las autoridades. Sin embargo, el nexo entre los dos grupos armados ilegales no es tan estrecho como parece.

Después de librar una guerra de cinco años en Arauca (2005 a 2010), las Farc y el Eln efectuaron el pasado 25 de agosto un ataque en el que mataron a 14 militares en zona rural de Tame.

La emboscada a soldados del Batallón de Ingenieros Nº 18 evidenció que tanto las Farc como el Eln planearon milimétricamente el atentado, pues requirieron de varias estrategias que en terreno son difíciles de alcanzar: la detonación de artefactos explosivos, los disparos con armamento de largo alcance, la constitución de cercos militares sobre la vía Tame-Arauca y lograr la colaboración de las comunidades para no alertar al Ejército.

En menos de dos años, las Farc y el Eln pasaron de la enemistad a la camaradería revolucionaria. Pero ¿cómo fue posible tal reconciliación? Es decir, ¿cómo dos guerrillas que se enfrentaban recíprocamente en la zona, lograron aliarse para propinarle golpes militares de esta contundencia a la Fuerza Pública?

A finales del primer semestre de 2010, las Farc y el Eln hicieron un pacto de no agresión, tras una guerra de cinco años en la que murieron centenares de combatientes, militantes, auxiliadores y sectores políticos alineados con cada bando.
Este pacto, más que unir las filas guerrilleras en un proyecto revolucionario, buscaba simplemente instaurar un cese de hostilidades entre ambas guerrillas.

Tras los avances del proceso de paz entre las Farc y el Gobierno en Cuba, el comando central del Eln (Coce) dio a conocer el 4 febrero de 2013 el Plan Nacional de Trabajo. En este documento planteaba la posibilidad de una “unidad insurgente como garantía de un futuro victorioso”.

Una semana después, la dirección del frente Darío Ramírez Castro, del Eln, publicó un comunicado en el que afirmó que tanto las Farc como el Eln estaban unidos en el Bajo Cauca y el nordeste antioqueño con un doble propósito: sabotear los megaproyectos hidroeléctricos y mineros, y contener la ofensiva militar de la Brigada Móvil 25 del Ejército.

Aunque se creía que la unidad revolucionaria era pura retórica insurgente, en marzo de 2013 el secretariado de las Farc y el Coce publicaron un comunicado en el que ratificaban que ambas guerrillas ya estaban coaligadas y que el Bloque Popular Revolucionario (BPR) ya estaba operando en el piedemonte llanero.

El primer resultado visible de la alianza fue la repartición y distribución del territorio. Las Farc se asentaron en Tame, Cravo Norte y el margen sur de Arauquita, y el Eln se instaló en Saravena, Fortul y en zona urbana de Arauquita.

Posteriormente a la distribución territorial, el BPR se planteó reparar e indemnizar a las víctimas que dejó la guerra entre ambas guerrillas en Arauca. Para ello se constituyó una comisión social compuesta por cuatro miembros del Coce y cuatro miembros del estado mayor del Bloque Oriental (Embo).

En esta comisión se recibían las demandas de reparación de las víctimas y se ordenaba la restitución por los daños y perjuicios ocasionados. Por ejemplo, a los desplazados se les adjudicaba una parcela de tierra y se les financiaban proyectos productivos (siembra de plátano o cacao), y a los campesinos que les quemaron las casas les financiaban la construcción de una casa nueva.
Con la repartición del territorio y con la reparación a las víctimas, las Farc y el Eln pudieron superar —al menos parcialmente— la herencia de odios y desentendimientos ideológicos que los había marcado durante décadas.

Esta doble estrategia les permitió recuperar control territorial, aumentar el apoyo social en sectores rurales y urbanos, y, por ende, acertar en operativos militares que dieran golpes estratégicos al Ejército sin afectar a los civiles (las emboscadas del 20 de julio y el 25 de agosto así lo demuestran).

En ese sentido, la alianza de las Farc y el Eln no es más que la ampliación de la estrategia guerrillera basada en el “poder de doble cara”. Es decir, se trata de atacar militarmente a la Fuerza Pública, mientras se aprovechan los canales institucionales del Estado para beneficiar a las comunidades de base para que éstas accedan a subsidios y bienes públicos (vivienda, carreteras, salud, etc.).

Asimismo, mientras combaten al Estado y a la vez parasitan los recursos estatales (las dos caras del poder guerrillero), las Farc y el Eln están organizando al campesinado para oponerse al desarrollo de megaproyectos minero-energéticos, como el oleoducto Bicentenario.

La persistencia de la alianza político-militar de las Farc y el Eln dependerá de dos factores: uno, del éxito del proceso de paz en Cuba, y dos, de la posibilidad del Eln de iniciar mesas de negociación con el Gobierno.

En prospectiva, esta alianza guerrillera sirve como paraguas para que eventuales disidencias de las Farc puedan terminar en las filas del Eln, en caso de que no se logre un acuerdo incluyente y satisfactorio que la organización guerrillera apruebe en su conjunto.

Por otra parte, si el Eln no entra en un proceso de negociación con el gobierno nacional, frentes de guerra, como el Domingo Laín, se podrían beneficiar del conocimiento de la zona, el manejo de artefactos explosivos y las fuentes de financiación de comandantes de frente y combatientes rasos de las Farc que lleguen a discrepar de los arreglos pactados en Cuba por sus comandantes.

Al margen del proceso de paz, esta alianza guerrillera ha funcionado, aunque no es claro cuál sea su futuro por algunas diferencias ideológicas entre las Farc y el Eln con respecto al cultivo de coca. Por ejemplo, a finales de 2010, el Coce hizo circular una resolución en la que les prohibía a los campesinos cultivar coca (la sanción establecida era el destierro).

Aunque esta medida se ha aplicado únicamente en los municipios con presencia elena, como Saravena, Fortul y Arauquita, ha generado molestias en las Farc, pues su base social es mayoritariamente cocalera (prueba de ello es que, según las estadísticas del Simci de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, estos tres municipios presentaron desde 2010 bajas en el área cultivada de coca, mientras que Tame, que es de hegemonía fariana, concentró el 37,6% de los cultivos de coca del departamento).

Por otra parte, la unión revolucionaria que han mencionado las Farc y el Eln en el piedemonte llanero y Antioquia contrasta con la realidad de estas guerrillas en los departamentos del Pacífico, como Nariño, Chocó y Cauca.

Mientras que en el oriente del país se está consolidando la alianza —a pesar de las diferencias ideológicas con respecto a los cultivos de coca—, en el Pacífico no es claro cómo pueda estar funcionando la unión, pues la influencia de las bacrim, el control sobre corredores de tráfico de armas y drogas ilícitas, y la oposición de algunas comunidades indígenas a las Farc marcan un escenario completamente diferente al que existe en Arauca, Casanare y Antioquia, donde las condiciones y los intereses estaban alineados para una alianza guerrillera.

En conclusión, las Farc y el Eln están juntos pero no revueltos. El éxito o fracaso del proceso de paz y la vocación agrícola que decidan para las comunidades de base definirán a futuro si seguirán juntos, se separan o se aglutinan en una unidad revolucionaria. Amanecerá y veremos.

Share